lunes, 30 de mayo de 2011

PRESUNTO CULPABLE

Toño, como le gusta que le llamen, es el protagonista de Presunto culpable, un documental basado en su experiencia como un preso injustamente sentenciado en un penal de México y que ha dado la vuelta al mundo.
El joven tianguista de Iztapalapa —delegación del Distrito Federal ubicada al oriente— fue detenido por policías judiciales el 12 de diciembre de 2005 mientras caminaba rumbo a su casa. Un "testigo" lo señaló como el autor del delito que ocurrió a varias cuadras de su domicilio.
Tenía 26 años cuando lo detuvieron. Fue un lunes. Mientras lo subían al carro de policía, la ciudad de México festejaba a la Guadalupana. Se le acusó de haber matado a otro joven en una riña callejera.
José Antonio Zúñiga Rodríguez aseguró no haber visto jamás a la víctima. El domingo de la tragedia, como lo hacía todas las semanas, había estado atendiendo su puesto de ropa en un tianguis de Iztapalapa. Así lo confirmaron, al menos, una decena de testigos.
Sin embargo, tales testimonios de nada sirvieron. La autoridad sólo hizo caso a la declaración de un menor de edad, quien supuestamente lo vio cometer aquel homicidio. (Tiempo después se sabría que ese testigo fue hostigado por la policía). ("(Las declaraciones) se recaban de la peor forma, no obedecemos en México ninguna de las recomendaciones científicas de cómo recabar este tipo de testimonios (...) ni de cómo interrogar a la gente en las estaciones de policía: se les tortura, se les maltrata, esto es algo rutinario",
En México, el 41% de los presos son torturados por la policía y el 93% nunca vieron una orden de aprehensión cuando fueron asegurados, de acuerdo con las encuestas de población de reclusorios que realizó el CIDE en los años 2000, 2005 y 2009.
El 95% de las sentencias en el Distrito Federal fueron condenatorias en el 2008, según indica el Tribunal de Justicia de esa entidad, lo que demuestra que es poco probable que el acusado sea absuelto en juicio, como Toño.)
Un juez terminó sentenciando al joven tianguista. Poco importó que las pruebas y los testimonios estuvieran viciados o, de plano, fabricados.
Preso durante dos años y medio por un crimen que no cometió, logró contactar a dos jóvenes abogados, Layda Negrete y Roberto Hernández —este último, uno de los directores del documental—, quienes tomaron el caso.A pesar de complicaciones lograron demostrar la inocencia de toño y este mismo salió absuelto, listo para continuar con su vida, en la que comprende a su esposa e hija.

El documental lo producen dos abogados, también muy jóvenes —Layda Negrete y Roberto Hernández— quienes hicieron todo lo que estuvo en su poder para excarcelar a José Antonio. Ellos no sólo tomaron su defensa, también aprovecharon para mostrar con su caso los vicios del sistema. Estos juristas convertidos en improvisados cineastas introdujeron micrófonos y cámaras al muy sórdido recinto que son los juzgados penales de nuestro país.
El documento audiovisual que resultó no tiene desperdicio. Denuncia en detalle un proceso penal que recurrentemente aprehende, sentencia y encierra a personas inocentes, la gran mayoría de ellas jóvenes y de escasos recursos.
Difícilmente existe una coordenada más arbitraria y más injusta en todo el Estado mexicano que el proceso penal; un curso jurídico donde la verdad no importa sino la obtención —por cualquier medio— de culpables a quienes velozmente meter a la cárcel.
No se trata de un accidente, sino de una circunstancia sistemática. La lista de sus vicios es larga: en nuestro proceso penal no se cumplen los criterios de la técnica moderna para la investigación criminal; las policías están pésimamente formadas; la escena del crimen es frecuentemente alterada; los testimonios suelen obtenerse por extorsión o, de plano, se falsifican.
La autoconfesión sigue siendo la reina de todas las pruebas, y muchas de las veces se logra bajo tortura; los peritajes son amañados; las declaraciones testimoniales se agregan o desaparecen arbitrariamente; los defensores de oficio están, en promedio, mal preparados y, entre los abogados particulares, los buenos cobran honorarios exorbitantes.
De su lado, los jueces prefieren no verle jamás el rostro a sus futuros sentenciados y, la mayoría de las veces, temen dejar libre a un supuesto criminal porque saben que sus superiores les pueden echar fuera de su respectiva oficina. Es sobre todo por esta razón que 90% de los casos presentados por el MP ante un juzgado penal se resuelve con una sentencia condenatoria.
Abogados como Roberto Hernández y Layda Negrete calculan que dos de cada tres expedientes de la jurisdicción penal mexicana sufren de vicios graves. La prisa, la presión política, la corrupción, la impericia, la inconsecuencia y la impunidad conspiran para sostener un sistema ineficaz y sobre todo injusto.
Probablemente la reforma que recientemente introdujo los juicios orales, y que durante la próxima década será echada a andar en nuestro país, podría ayudar para transformar esta circunstancia. Sin embargo, se trata de una reforma incompleta y de muy lenta maduración.
Contra el sistemático encarcelamiento de inocentes y la reiterada liberación de culpables, en México tendríamos que ir más rápido y mucho más lejos.

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